19.5.11
El Regreso y el Adiós (Dedicado al Querido Diegote)
21.2.11
Motorola, de Eduardo Sacheri
Abelardo Celestino Tagliaferro dobló la esquina sin prisa. Apretó suavemente el embrague, puso la palanca de cambios en punto muerto, con las manos levemente posadas sobre el volante arrimó el auto a la vereda y lo detuvo sin brusquedad al final de la hilera de autos amarillos y negros. Apagó el motor, quitó la llave del tambor, aspiró profundamente y dirigió la mano izquierda hacia la puerta.
Sus movimientos eran metódicos, serenos. Pero para cualquiera que conociese su carácter habitualmente enérgico, impulsivo, aquellos gestos necesariamente hubiesen tenido algo artificial, algo de falso. Eran a todas luces ademanes nacidos de una reflexión profunda, concienzuda. Esos ademanes calmos que las personas adoptan en un intento de que su espíritu se contagie de esa paz y esa mansedumbre exterior de los gestos ante el mundo.
Abelardo Celestino Tagliaferro había tenido mucho tiempo para prepararse para esa mañana cargada de presagios trágicos. Cinco, seis meses tal vez. Los signos alarmantes habían empezado algo antes, digamos en noviembre. Diciembre del año anterior. El receso del verano le había hecho abrigar algunas esperanzas. Pero desde fines de febrero la situación se había tornado crecientemente tenebrosa. Para los últimos días de abril Tagliaferro había comprendido que sólo un milagro lo pondría a salvo del abismo. ¿No habían existido acaso otros milagros anteriores? Pero mayo y junio se habían consumido sin que ese milagro tuviera lugar. Semana a semana se espíritu se había ido opacando. A medida que se acercaba julio, su carácter, habitualmente expansivo, dado, campechano, se había tornado proclive a la meditación, al silencio, al ensimismamiento. A medida que los días se acortaban y los árboles de la General Paz se desnudaban en colores ocres, Tagliaferro iba convirtiéndose en una suerte de crisálida espiritual, encapsulada en melancólicas meditaciones, ajena al caos cotidiano.
Cuando no sin cierto esfuerzo bajó del taxi, vio que los hombres que frecuentaban con él la parada lo esperaban bajo el toldo del kiosco. Abiertos en un semicírculo, se pasaban el mate y le clavaban a la distancia siete pares de ojos inquisitivos. Abelardo Celestino Tagliaferro se acercó con el mentón erguido y la vista clavada en un horizonte imaginario. A cada paso su cuerpo monumental se balanceaba levemente hacia los lados. Con la campera puesta daba la impresión de ser un astronauta gigantesco caminando en la ingravidez de la Luna.
Calculó, con precisión de experto, que el primer dardo lo alcanzaría cuando pasara a la altura del lavadero automático, o no mucho después de poner un pié en la vereda de la agencia de lotería. No se equivocó.
- ¿Qué hacés acá, Gordo? Te hacíamos en la cancha
El que había hablado era Alvarez, el morocho del Gacel. “Era lógico”, pensó Tagliaferro. Pero estaba listo para ataques sencillos como ése.
- Por favor, Alvarez, no me jodás con pavadas
Habló con serenidad, como transigiendo en explicar que dos más dos son cuatro a un ignorante. Pero no pudo evitar una levísima irritación al escuchar las risitas breves de los otros, las mismas risas que envalentonaron al morocho para volver al ataque.
- ¡Te hablo en serio, Gordo¡ No podés dejar al equipo ahora, en semejante momento.
Tagliaferro suspiró mientras su expresión adquiría un cariz de angelical cansancio:
- Haceme el favor, no hablemos más de fútbol.
De nuevo el coro de risitas cómplices. Terminó de acercarse, imperturbable. Saludó con inclinaciones de cabeza y recibió alguna palmada. Como siempre, le cedieron uno de los banquitos de metal y estiraron hacia él un mate humeante. Chupó con placer, alargó la diestra hacia la bolsa engrasada de los bizcochos y se preparó para el próximo round.
- ¿Cómo que no hablemos más, Gordo? ¿No eras vos el que siempre venía insufrible los lunes cuando ganaban? Que Platense de acá, que los Calamares de allá, que el equipo del Polaco del otro lado,-algunos de los otros asentían. ¿No te cagabas de risa cada vez que perdían los grandes?
Tagliaferro volvió a suspirar y a sonreír.
- Mirá, Alvarez…, -pareció dudar en busca de las palabras adecuadas-, eso era antes… yo qué sé. A veces la vida te enseña cosas, sabés. Y me apiolé de que todo ese asunto del fútbol, viste, qué sé yo, no tiene sentido…-dejó sus palabras flotando un momento y concluyó-: No hay caso, pibe. No tiene sentido.
El morocho Alvarez era demasiado primario como para afrontar semejante despliegue de nihilismo. El Gordo sabía que el Piolín Acosta tomaría la posta con aportes algo más incisivos. El Piolín Acosta era un cincuentón larguirucho, de piel blanquísima. Había sido bautizado así por el propio Gordo. En su origen el sobrenombre era Piolín de Matambre, porque era largo, finito, blanco y ordinario. El Gordo, especialista en apodos, consideraba su hallazgo con Piolín una de sus obras maestras, y a cada uno de los nuevos en la parada se lo había ido explicando como un modo de revivir la deliciosa indignación del otro.
El ataque de Piolín fue frontal:
- Y decime, Gordo, si hoy le ganan a River, y ponele que por una de esas putas casualidades del destino se terminan salvando… ¿vas a seguir con la huevada del escepticismo?
- ¡Ahí está, ahí está¡-algunos asentían, entusiasmados en la intuición de que el alto y pálido filósofo estaba acorralando al recién llegado. El Gordo se preguntó cuántos de ellos sabían qué corchos era eso del escepticismo.
- No, Piolín, para mí el fútbol… ¿cómo te explico? Ya fue, sabés.
Esas pocas palabras le fueron brotando de a poco, mientras miraba el toldo que tenía sobre la cabeza y mientras sus manos abiertas hacia arriba describían ademanes vagos, como reforzando esa sensación de vacío metafísico que su dueño pretendía transmitir.
- ¡Dejate de joder, Gordo¡ ¡A mí no me vengás con el cuento¡ ¡Que si no estuvieran por irse a la B te tendríamos que estar bancando como si el puto cuadro ese fuera el Manchester United.
Tagliaferro volvió a considerarlo con indulgencia. Un nuevo suspiro hinchó la mole de su cuerpo agazapado en el banquito.
- No querido, te equivocás. A veces la desgracia te abre los ojos, sabés… Y si tenés neuronas te ponés a pensar.
Hizo un silencio. Los siete pares de ojos seguían cada uno de sus ademanes y los catorce oídos atendían a cada una de las inflexiones de su voz:
- Suponete que Platense va y se salva. Difícil, pero ponele que sí: ¿qué me cambia? ¿Voy a ser más rico? ¿Va a subir más gente al tacho? ¿Voy a volverme inmune a los afanos? No, loco, no me cambia nada. Y ponele que hoy se va al descenso: ¿qué pierdo, hermano? No hay vuelta, loco. El fulvo es una mentira, sabés. ¿O ustedes piensan que a esos turros de los jugadores les importa algo? No, padre, los tipos cobran y se van. ¿Quién se queda como un boludo parado en la popular? ¿Vos o ellos? ¿Y los dirigentes? ¿Vos te pensás que les calienta algo? ¡ Si son una manga de chorros ¡
Hizo una pausa para tomar otro mate y para que su discurso penetrase mejor en las mentes de sus amigos. Volvió al ataque:
- El fútbol está armado para que ganen los grandes, nada más. Es un negocio, pibe. Es todo un circo que vive de los giles como ustedes. A ver, mirá los goles el domingo. ¿Alguno de ustedes sigue siendo tan nabo de mirar los goles? –Los otros asintieron- ¿Ves que la Argentina es una país de boludos? Todos ahí como giles, comiéndose sesenta mil propagandas… ¿Para qué? ¿Para ver a esos maricones que le van de héroes y que a la primera de cambio cuando les ponen dos mangos sobre la mesa se van a jugar a Europa? ¡ Por favor, muchachos, no jodamos ¡
Cada vez más enardecido, siguió:
- A ver vos, García-el aludido lo miró atentamente-, vos sos hincha de Gimnasia: si no juegan con River o Boca ¿cuántos minutos te pasan del partido? ¿Uno? ¿Uno y medio? Y vos, Martínez: ¿no me contaste que para ver los goles de Colón los grabás y después los ves cincuenta veces y te hacés el bocho de que viste el partido entero?- El otro asintió- ¿Ven lo que digo? Entiendanló, el fulbo no sirve para nada. ¡Para nada ¡ O vos, Pasos, que sos de River… ¿te volvió un tipo feliz que hayan ganado tres campeonatos al hilo? – Los ojos grises de Pasos se entornaron en un gesto suave que era también de infinita tristeza- Es todo verso, es todo mentira…
Y como si fuera el resumen de su discurso, reiteró:
- Todo mentira, no hay vuelta.
Tagliaferro calló. Los demás se pasaban el mate en silencio. Algunos miraban para cualquier lado para que los otros no vieran las huellas de la turbación que les había sembrado. El Gordo advirtió, aliviado, que había conseguido el milagro de que se pusieran a hablar de otra cosa. El podía tener mucho autocontrol y todo lo que quisieran. Pero tampoco era de fierro, qué tanto.
Los otros se fueron yendo, en una mañana dominguera extrañamente movida. Cuando llegó el turno de Tagliaferro, le alargó el mate al que cebaba y se puso de pié con dificultad. Una mujer algo mayor se acercaba presurosa a la parada.
- Necesito ir a Luján, muchacho. A la basílica.
Cuando la mujer se acomodó atrás y él encendió el motor, su espíritu comenzó a poblarse de sensaciones confusas. La señora tenía aspecto de abuelita de libro de cuentos. Tagliaferro se mordió el labio inferior mientras dudaba en hacer la pregunta que se le había ocurrido. Finalmente se decidió:
- ¿Le molesta si enciendo la radio, señora?
- No, muchacho, para nada.
Apenas formuló la pregunta se arrepintió de haberla hecho. ¿Por qué había salido con eso? ¿Qué razón había para encender la radio? Ninguna, Gordo, ninguna, se amonestó.
La radio era un cachivache vetusto que no tenía nada que ver con el Renault 19 hecho un chiche de Tagliaferro. Era un artefacto antiguo que había pertenecido originalmente a un Siam Di Tella que en los años sesenta le había permitido a Tagliaferro parar la olla en su casa cuando lo habían echado de la empresa. En los setenta había cambiado el Siam por un Dodge. Después por un Peugeot y por un Senda. Pero la radio siempre había sido la misma. Era uno de esos ejemplares con dos perillas a los lados que sólo funcionaban en amplitud modulada y que tienen una serie de teclas negras debajo del visor para cambiar velozmente de lugar en el dial. Adaptarla al tablero del Renault había sido complicado, y en el taller lo habían mirado como si estuviese totalmente pirado. Pero a Tagliaferro le importaba un cuerno. La radio, esa radio, era para él un talismán infalible, un salvoconducto, un pasaporte para un retorno pacífico a su casa y a los suyos. Y otra cosa: con esa radio había escuchado al Calamar salvarse de todos los descensos.
Pero ese viaje a Luján parecía una señal venida de los infiernos. Porque el aparato tenía un inconveniente (en realidad tenía varios, pero existía uno verdaderamente delicado): por alguna extraña razón que Tagliaferro no había logrado determinar, la radio callaba indefectiblemente apenas salía un par de kilómetros de la Capital. Cuando traspasaba la General Paz comenzaban las interferencias. Y veinte cuadras más allá lo único que salía del receptor era el sonido propio de una sartenada de papas fritas a medio cocinar.
Haciendo un cálculo sencillo, entre la ida y la vuelta se iba a perder el partido completo, que ya debía estar empezando. Podía escuchar los primeros minutos, sí, hasta que saliera de la autopista en Liniers, pero, ¿y después? Tagliaferro detuvo en seco la sucesión de sus pensamientos. ¿Qué estaba haciendo? ¿No era cierto todo lo que acababa de decir? ¿No eran esas frases que acababa de pronunciar frente a sus amigos la rotunda verdad a la que había llegado luego de dos meses de exploración interior, de introspección dolorosa, de disciplina moral? ¡Seguro que lo era¡ De modo que Tagliaferro, apenas encendió la radio, sintonizó una emisora de tangos que se extinguió poco más allá de Ciudadela. Sufrir por un motivo tan pedestre, qué barbaridad, se dijo. Se recordó a sí mismo en tantos domingos de amarguras. ¿No habían sido infinitamente más abundantes que las inusuales jornadas de triunfo?
A la altura de Morón apagó la radio, que ya estaba en plena fritanga. Parece mentira, qué rápido se va por la autopista, se dijo. Al ver que estaba a la altura de Morón lo cruzó una noción sombría: Platense volvería a jugar aquí después de varias décadas en primera. Sacudió la cabeza. Disciplina, Gordo, disciplina, se repitió. Pero sus labios empezaron a musitar una letanía que a cualquier sacerdote le hubiese resultado extraña: Tigre, All Boys, Brown, Los Andes. Su ánimo ya era definitivamente sombrío. De pronto el pánico lo cruzó en varias oleadas sucesivas: San Telmo, Lamadrid, J.J.Urquiza. ¿Y si no era una, sino dos o tres categorías perdidas al hilo?
Intentó reaccionar. ¿Y a mí qué carajo me importa? Supuso que había sido un grito íntimo, pero se dio cuenta de que algo del alarido interno se le había escapado porque la señora le miraba con un poco de temor y los ojos muy abiertos. El Gordo le sonrió con dulzura por el espejo y después clavó los ojos en la ruta.
Moreno: la autopista se redujo a dos carriles. Y por esto te cobran peaje, los muy turros, pensó. La pasajera iba ensimismada contemplando el paisaje por la ventanilla. ¡La ventanilla¡ se dijo. En invierno o en verano, él iba con la ventanilla del conductor baja, salvo que el pasajero le pidiera lo contrario. ¿Y si probaba cerrar todo el auto, a ver si la radio emitía al menos un susurro? Corrió el codo y cerró. Encendió el catafalco negruzco y esperó. Acercó todo lo que pudo la oreja al receptor. El rumor de una voz era inconfundible. Tragó saliva. Subió el volumen a tope y la vocecita adquirió mayor consistencia. Tratando de no perder de vista la ruta, acercó aún más la oreja. Insultó en voz baja. Era uno de esos programas religiosos en los que el conductor repartía sanaciones radiofónicas en un castellano levemente extraño. Movió el dial hacia la derecha. Folklore. Un poco más: tango. Luego topó con el final de la banda. Inició el camino inverso. A la izquierda del pastor evangélico detectó el sonido inconfundible de un relato deportivo, pero demasiado lejano como para que se entendieran las palabras. Giró la perilla: ahí estaba el partido de Platense. Escuchó con el alma en vilo el relato de una jugada intrascendente en el medio del campo. ¡Cómo van, que digan cómo van, carajo¡, pensaba. Pero de inmediato entendía que a esa altura debía tener la expresión crispada, los ojos inyectados, la expresión tensa del hincha angustiado, y se decía que no, que de ningún modo, que no debía echar a la basura todos esos meses de autoeducación que lo habían librado al fin de su dependencia Calamar.
¿No estaba acaso hermosa la mañana? ¿No bañaba el sol, radiante, el campo y la autopista? El Gordo volvió en sí por un instante. La temperatura del taxi con todas las ventanillas cerradas y el sol cayendo a pique debía andar por los 35 grados. Tagliaferro observó a la pasajera y vio que abanicaba con una revista, mientras dos gruesos goterones de sudor le resbalaban por los lados de la cara. Estuvo a punto de bajar las ventanillas, pero se dijo que entonces perdería definitivamente cualquier esperanza de comunicación radial con el mundo. De manera que optó por encender el aire acondicionado. El fresco me va a venir bien para poner en orden las ideas, se dijo.
No te enchufes, Gordo, no te enchufes, se repetía. La cosa está perdida. No hay manera de que zafemos. Momento: ¿zafemos quiénes? ¿Acaso yo soy Platense? ¿Tenés acciones ahí, Gordo boludo? Los que se van a la B son ellos, no vos. Los que van a perder con River son ellos. Los jugadores y lo dirigentes, qué tanto. Vos sos Abelardo Celestino Tagliaferro, a sus órdenes, de profesión taxista, estado civil casado, padre de dos hijos y abuelo de tres nietos. Enterate. Lo demás es todo grupo. Para qué calentarse. Si al descenso se van a ir igual y después te vas tener que bancar a toda esa manga de palurdos de la parada, empezando por el Piolín y terminando por el negado del morocho Alvarez.
Empezaron las rotondas de Luján. Tagliaferro miró por el espejo y vio a la pasajera con las manos en los bolsillos, el gorro calzado hasta las orejas, la bufanda enrollada en tres vueltas alrededor del cuello y los lentes empañados. El Gordo notó que la temperatura había bajado unos treinta grados de un saque. Apagó el acondicionador de aire. Descartada la estrategia del encierro, optó por ventilar bien el taxi. Tal vez lograra captar algún kilohertz extraviado en el éter. El último tramo hasta la iglesia lo hizo veloz, con las cuatro ventanillas bajas y el aire como un torbellino en el interior del tacho.
Cuando paró frente a la catedral y se volvió a mirar a la pasajera, advirtió con sorpresa que el pelo de la mujer había adquirido una cierta disposición salvaje y que sus ojos no paraban de parpadear alarmados. Daba la impresión de haber encontrado un nuevo motivo para agradecer a la Virgen. Tagliaferro dio vuelta a la plaza y se dispuso a emprender el retorno. Entonces los vio. Cuatro hinchas de River, ataviados con camisetas, vinchas y banderas, venían sacudiendo los trapos y cantando a voz en cuello. El Gordo consultó su reloj. Debía estar empezando el segundo tiempo. No se atrevió a preguntarles el resultado del partido, pero la actitud festiva de los tipos lo hundió en una desesperación creciente.
Momento. ¿Qué te pasa, Gordo? Pará la moto. Pará un poquito. Que se desesperen ellos. Todos esos nabos que se sienten los dueños de las camisetas y de los clubes. Pensar que él mismo hasta hacía poco había sido uno de ellos. Y desde pibe, para colmo. Pero de más grande fue peor. El ascenso se le subió a la cabeza. Y la definición por penales con Lanús, Dios santo. Lo había ido a ver con Clarisa. Al final del partido él se había desmayado y habían tenido que sacarlo de la popular entre cinco tipos bien grandotes. Pero quién te quita lo bailado. Y el desempate con Temperley, mama mía, cómo habíamos sufrido. Cortala. Cortala, Gordo palurdo, con la primera persona del plural. ¿Ma qué “nosotros”, enfermo? Si vos seguís tan pobre como cuando vinimos de España. ¿Qué hizo Platense por vos? ¿A ver?
Al pasar el peaje no pudo evitar la tentación. Se mintió que sería la última, como esos fumadores que escatiman los puchos del primer atado que compran luego de una larga abstinencia. El cobrador estaba escuchando los partidos en la cabina. ¿Cómo va River?, preguntó. Hincha de cuadro chico, sabía que la gente no tiene ni idea si uno le pregunta por Platense, Banfield o Ferro. Decime que va perdiendo, decime que va perdiendo, pensó. “Va ganando”, informó el fulano, con cara de gallina agradecida a la vida.
Cuando se levantó la barrera se alejó de allí sintiéndose perdido, perplejo, como si la noticia lo hubiese dejando navegando en aguas desconocidas. Al pasar por Francisco Alvarez sus dedos comenzaron a tamborilear sobre el volante mientras silbaba inconscientemente, entre dientes, la melodía de un viejo estribillo que decía “Partirá, la nave partirá, donde llegará, nunca se sabrá”, o algo así. Una letra de porquería que tenía que ver con el arca de Noé. Pero, ¿por qué? Eran las 11:31. Una canción del año del pedo. Cosa rara. Abelardo Tagliaferro se derrumbó a las 11:35 cuando se dio cuenta de que lo que había estado tarareando los últimos diez kilómetros no era ninguna canción pasada de moda, sino la perpetua melodía del “No se va, Platense no se va, Platense no se va, Platense no se va”, y las lágrimas se le desbarrancaron por la mejillas en dos torrentes tibios.
Cuando entrevió que toda resistencia era inútil, y como los chicos cuando se apuestan a sí mismos que si logran determinada proeza la vida les concederá premios impresionantes ( al estilo de: si logro saltar toda la cuadra sobre el pié derecho sin trastabillar, entonces la rubiecita de la panadería gusta de mí), Tagliaferro se convenció de que si llegaba a la Capital Federal y encendía la Motorola antes de que terminara el partido, el Calamar iba a lograr dar vuelta su destino y los demás partidos se le iban a acomodar para seguir con chances.
Apretó el pie derecho contra el piso del auto y éste saltó hacia adelante a una velocidad francamente peligrosa. Era digna de verse la imagen de ese gigante que volaba aferrado con ambas manos al volante como un piloto de carrera, cuya cara bañada de lágrimas recientes se enrojecía por el esfuerzo de cantar a los alaridos un viejo estribillo con la letra cambiada. A la altura de Moreno tuvo miedo de que la promesa de llegar a tiempo para oír el final no fuese suficientemente grandiosa como para lograr el conjuro. De modo que prometió dejar de fumar a las cuatro de la tarde y para siempre. Temeroso de que los hados lo consideraran débil de espíritu, agregó la promesa de una dieta estricta que lo llevara treinta y cinco kilos debajo de su peso actual en un plazo máximo de tres meses. Mientras encendía la radio para ir ganando tiempo, y mientras volaba a la altura de Morón, las promesas se iban acumulando sobre sus espaldas. Prometió volver a misa todos los domingos. Prometió no volver a madrugarle un pasajero a ningún colega por un plazo se seis meses que luego extendió a dos años. Prometió dejar de construir fantasías eróticas con la peluquera de la vuelta. Prometió regalarle flores a Clarisa todos los viernes hasta que la muerte los separase. Estuvo a punto de prometer que no iba a joderlos más a los nietos para hacerlos de Platense, pero se contuvo a tiempo porque Dios no podía pedirle sacrificio semejante y porque supuso que ya había acumulado suficientes méritos con las promesas anteriores.
A la altura del Hospital Posadas, en Haedo, levantó el volumen de la radio hasta darle su máxima potencia. Sintonizó la emisora que siempre lo acompañaba para los partidos. Por detrás del ruido de la fritura se adivinaban voces de relato. Descolgó el rosario que llevaba anudado al retrovisor y empezó a rezar en voz alta. A la altura de Ciudadela la radio recuperó por completo sus funciones. Tagliaferro interrumpió el Ave María y entrecerró los ojos. Estaba bañado en sudor y parecía diez años más viejo que en la mañana.
Habían perdido. Habían perdido por robo. Estaban jugando el descuento, pero no había manera de remontar esa catástrofe. Las conexiones con las otras canchas hablaban de la algarabía de los cuadros que se habían salvado. En un arrebato de amargura infantil se sintió despechado porque Dios hubiese hecho caso omiso de sus promesas de regeneración absoluta. Mientras tomaba la salida de la autopista hizo un último esfuerzo para que no le importara. Se detuvo en una cuadra desierta, llena de galpones en las dos veredas. Se dijo que no podía ponerse así. Que un dolor de ese tamaño solo podía sentirse por la pérdida de un ser querido. Que no podía tirar a la basura los esfuerzos de los últimos meses. Y todavía le faltaba sobreponerse a la escenita que iban a hacerle los muchachos en la parada. Control, Gordo, control. Mejor seguir haciéndose el distante, el superado, tal vez así lo dejaran en paz. Tardo quince minutos en arrancar de nuevo rumbo a la parada.
Abelardo Celestino Tagliaferro dobló en la esquina sin prisa. Apretó suavemente el embrague, puso la palanca de cambios en punto muerto, con las manos levemente posadas sobre el volante arrimó el auto a la vereda y lo detuvo sin brusquedad al final de la hilera de autos amarillos y negros. Apagó el motor, quitó la llave del tambor, aspiró profundamente y dirigió la mano izquierda hacia la puerta.
Cuando logro incorporarse no se dirigió inmediatamente hacia la esquina. Fue a la parte trasera del taxi y abrió el baúl. Hurgó un momento bajo la caja de herramientas y encontró lo que buscaba. Desplegó la enorme tela rectangular con ademanes tiernos. Se anudó la bandera blanca con la franja central marrón en el cuello y la extendió sobre su espalda como si fuera una capa. Tanteo otra vez y encontró el gorrito tipo Piluso. Se lo plantó hasta las orejas. Cerró el baúl. Levantó los ojos hacia la esquina. Abiertos en un semicírculo los otros se pasaban el mate y le clavaban a la distancia siete pares de ojos inquisitivos.
Tagliaferro no caminó enseguida, porque acababa de entender que todos los hombres son cautivos de sus amores. Uno no entiende porque ama las cosas que ama. El intelecto no alcanza para escapar de los laberintos del afecto. Por eso es tan difícil enfrentar el dolor: porque uno puede engañarse inundando con argumentos razonables las llagas que tiene abiertas en el alma, pero lo cierto es que esas llagas no se curan ni se callan. Y por eso un hombre puede amar a una mujer que a los otros hombres les parezca funesta, o puede poner su corazón al servicio de amores que a los otros se les antojen inútiles o intrascendentes.
Abelardo Tagliaferro estiró los brazos, prendió las manos a la tela, como un extraño superhéroe excedido de peso, y supo que lo importante no es a quién o a qué uno ama, sino el modo en que uno ama lo que ama. Recién entonces camino hacia la parada.
8.2.11
De Brasil con dedicaciones....
¿Serán más de mis imperfecciones?
¿Serán todos mis estadios?
El porque la música no llega a tus oídos?
¿Será mi acento?
¿Será mi insuficiencia?
¿Cuando será de día, mi bien?
Ya no me quedan más canciones que escribir
Ya no hay más francés que conversar
Si tus ojos aun no cambian y mi amor
sigue intentando pero... hay dolor
Ya no hay más razones que explicar
Si esta lluvia no se deja de partir
Y el perfume de la rosa de papel
Ya no huele más, ya no espera más por mi.
¿Será que el cielo es una ofrenda para vos?
¿Serás esclava del pasado de dolor?
¿Habrá espacios donde puedas confluir?
No hay destinos a plazo fijo vida ay....
Lograron los demonios subsistir
Al filo del abismo de tu elección
Ya no sopla más el viento aquí en mi voz
Y mis letras ya no escriben más tu amor.
¿Confiaran tus voluntades de este Dios?
Que en su cielo han creado este amor
Toma mi mano, cierra los ojos....
Saltemos hacia el más allá.
11.1.11
Muestra Gratis del Genio
“Conducir me parecía muy divertido. Y manejar taxis derivó en ser chofer de limosinas. Porque para mi cada pasajero iba a ser el último. Cuando alguien se bajaba, mirabas a los costados y veías a un taxi, era una pesadilla. Veías que había 25 taxis, por todos lados, en la derecha, en la izquierda, por delante. Entonces, ¿Cómo iba a hacer para conseguir otro pasajero? ¿Cómo iba a pasar eso? Y pensaba: “ya esta, este es el último pasajero que voy a conseguir durante el resto de mi vida”. No podía imaginarme otro escenario, porque la gente hacia señas con la mano y todos los taxis juntos se abrían camino hacia el cordón, eso me asustaba mucho. Entonces pensé: “esto no es para mi, ¿Por qué no conducir para una sola persona? Es mucho más relajado, ellos van de compras y vos te sentas y lees”, y me pareció una buena alternativa…” (L.D.)
Que genialidad, que gran paranoico. que gran historia.
30.12.10
Reflexiones (Viejos Fracasos)

¿Que te pasa cuando ves mi cielo?
¿Es que acaso no se oyen los gritos?
Cobardes! Cobardes! Declaman
Y no buscamos caer en la grieta.
¿Cómo puede entregarse el dolor?
¿Cuál es la última aventura?
Perseguida por el mañana sueñas
Y ni al ayer aún te acostumbraste.
Fabrico fracasos, retomo verdades
(No hay peor remero que el manco de corazón)
Viejos fracasos y grandes ilusiones
Ahora que el full cuesta más que ayer
¿Cuál es la pila, cual es tu Ley Motiv?
¿Frunciste el ceño o siempre estas así?
Dejando espacios, para las barricadas
Corriste austera por la oscuridad.
¿Adonde vas, qué vas a hacer?
¿Qué es lo que querés vivir?
Vuelvo a gritarte, que soy invisible
Que no hay mañana si aun no llegó el hoy.
Fabrico fracasos, incendio debates
(Ciegos de amores, cobardes de risas van)
Viejos fracasos y grandes ilusiones
Ay amor! Que fresca está la mañana!
10.12.10
CUATRO AÑOS (ROJO DE MI VIDA)

15.11.10
El Tesoro de los Penitentes
No ha pasado tanto del final. No llegué a tener aún una revisión exhaustiva interior de lo que fue la liturgia del sábado.
Todavía sigo pensando y repensando. Recuerdo los momentos bellos, los tensos y los emotivos.
Recuerdo cuando fue que las lágrimas ganaron a mi felicidad de niño de 2 años y miraba sorprendido lo que estaba aconteciendo a 300 metros mío.
Esta es la historia del sábado según lo que yo vi. Según lo que yo sentí. Por supuesto que no voy a ser una redacción periodística sino que intentaré darle cierto tono artístico, para no ser aburrido, o para aburrirlos más.
Miles de almas empapadas en miles de litros de alcohol y miles de sustancias alucinógenas. Miles de historias, miles de amores, miles de encuentros casuales y miles de repercusiones. Miles.
Y como en todo ritual pagano, las figuras de los dioses aparecen y desaparecen en una orgía de felicidad.
Lobos y corderos, por igual, bañados en grandes porciones de sudor y lágrimas.
Indio querido. ¿Como no sentirme así?
Si de tus arcas de poesías retiraste esos acordes fue con intención. Con varias intenciones. Yo puedo suponerlas simplemente. Supongo retribución en primer lugar. Lo que todo padre de multitudes hace cuando ve que hay tanto amor y tanta emoción del lado desconocido. Supongo ofrenda también. Un regalo especial a aquellos que fueron, a aquellos que dejaron atrás familias, ciudades, responsabilidades para sentirse libres por unas horas. Lo que cuesta vale dicen, y no creo que solo sea el dinero lo que cuesta. Y la recompensa es justamente esa, los acordes y las palabras que brotaron.
Aquí estamos los penitentes, aquí Indio. ¿podes vernos?
Aquí están los hijos de padres separados. Y hoy te vinimos a ver a vos, hoy dejamos al Flaco en capital, y armamos nuestra valijita para pasar el fin de semana con vos. Pretendemos olvidarnos que están separados, que están viendo a otras personas. Que ya no se quieren más como antes. Hoy nos olvidamos, y te cantamos que somos hijos de ese matrimonio. Hijos de ese enorme Big Bang musical que aconteció allá lejos y hace tiempo. Y esos hijos ya tienen nietos de esa unión.
Y les pedimos una y otra vez que se hagan cargo de sus hijos. Y exigimos, y somos irreverentes a veces. Pero porque así somos los hijos caprichosos. Queremos que todo sea como antes, queremos verlos unidos y juntos, porque los hijos sabemos que unidos podemos llegar tan lejos…
Estos son tus hijos y nietos. Estos que cantamos y saltamos y nos emocionamos. Y que hacemos nuestras tus palabras de padre. Esas palabras sentidas de viejos poemas y que casi entre lágrimas decimos “y hoy come la real manzana, y no deja ni pepita…” o entre diferentes lágrimas entonamos desafinados “disculpa mis actos de hampón, siempre hay quilombito en un cielo de dos…”. Los que nos emocionamos al ver a nuestros hermanos aquí. Acá estamos, cumpliendo nuestra penitencia de juventud, nacidos bajo un amor que se terminó y viviendo la separación a nuestra manera. Escuchando a los hermanos mayores pregonando como profetas aquellas misas eternas. Aquellos cánticos y aquellas estrellas lejanas que fueron rotas. Y nos imaginamos lo que fue. Y nos emocionamos al ver que aún después de tantos años las esquirlas siguen vivas.
Vos demostraste (quizás sin quererlo) que aún se puede soñar. Que la libertad es fanática. Que el sinrazón de una vuelta aunque sea en sueños puede ser posible. Acá están las bombas pequeñitas que crearon. Estas son las banderas de nuestros corazones. Hoy, mañana y siempre. Y las lágrimas genuinas están en cada rostro, en cada expresión, en cada cara de niños fervientes que hasta quedarse sin vos gritan y bailan al ritmo que vos propones.
Extrañamos como si lo hubiéramos vivido. Extrañamos como si en algún momento todos hubiéramos estado sentados en la misma mesa. Compartiendo esas copas, esas lindas, las que tenemos hoy.
No somos ilusos, somos soñadores. Somos almas llenas de energía. Llenas de amor y llevas de cosas para decir. Somos tu boca y tus oídos. Somos todos.
Y como un padre tierno pero rígido que sos, nos alzas a tu regazo, nos das un chirlo a veces, pero también nos acaricias con los poemas. Y si cierro fuerte los ojos puedo sentirte:. “te prefiero igual… internacional”. Y hasta los corderos cantan que somos caníbales de nuestro estilo.
Irreverentes, ansiosos, desprolijos, lisérgicos, somos los que vivimos la fiesta de la paganidad. Y si esta noche lloro antes de dormir, es solo porque recuerdo que hace varias horas (y cada vez serán más) fuimos libres y felices.
Con que poco somos felices. ¡Y con cuanto!
Porque en esa noche fresca y cálida a la vez del sábado 13 de noviembre, yo cordero y lobo, vi a mi cordero y lobo y fue amor. Porque gracias al rock del país pude volver a creer en el amor. Porque gracias a la paganidad de las hordas de hermanos y amigos, me volví a emocionar.
Porque como ningún padre es perfecto, pudiste ver a tu discurso interrumpido, y a veces quienes te ayudaban no estuvieron a tu altura. ¿se podrá estar a tu altura?
Indio no sos perfecto. Hay en vos y en toda persona muchas fallas. Nadie es perfecto. Este pueblo de ricota no te quiere perfecto, te quiere bien. Te protege, te requiere, te entrega el alma y el corazón. Que lindo regalo de fin de año nos hiciste en nuestra navidad adelantada y pagana. Que linda fue la sonrisa que no pude borrar en toda la noche, tan bella que cada vez que la recuerde será un piloto automático hacia los recuerdos hermosos que tengo en mi interior.
Cuanta magia desplegada. Cuantos sentimientos a flor de piel.
No hay nada más hermoso que cantante, y mirar a un costado, y ver en los ojos más hermosos la misma emoción ante el mismo estímulo. Tus hijos tienen tanto en común.
Por eso nos damos cuenta de que son nuestros papas.
Te digo una cosa. Esta bien que se hayan separado. Pero a lo mejor una vez, dentro de mucho tiempo, volverán a verse las caras, y en sus ojos van a poder vernos a nosotros, iguales, a imagen y semejanza. Y allí y solo allí el espíritu creador volverá a impulsarse. Tal vez tenga que esperar hasta la eternidad para que suceda. No importa.
Cuando el fuego crezca, VOY a estar allí.
Palabras sentidas. Palabras desconocidas y quizás aburridas para muchos.
Este es mi accionar hoy. A pocas horas de haber estado en mi casa, con mis hermanos, visitando a mi padre. Aún con mucho amor, aún con muchas preguntas sin respuesta. Avergonzado por momentos. Extasiado y detonado por otros. Profundamente enamorado de esa historia de vida. Un gran clic en la cabeza.
Espero aportes de todos, de aquellos que los haces seguido y de aquellos que no. Espero comentarios y mucha mucha palabrería suelta como esta.
Enorme abrazo y a brillar mi amor!
Niño
PD: dedicado especialmente a quienes durante 2 días o durante las breves horas que compartí junto a ellos en el recital estuvieron a mi lado. Han sido piezas fundamentales en este mi relato. Espero por supuesto que ellos puedan comentarme sus experiencias.
Salud!
27.7.10
Nostalgias (Che Papusa Oí!)
Espero poder inspirarme y poder escribir
mientras tanto dejemos que el maestro Cadicamo nos ilustre...
¿Alguna consideración mis lectores queridos?
NOSTALGIAS
Quiero emborrachar mi corazón
para apagar un loco amor
que más que amor es un sufrir...
Y aquí vengo para eso,
a borrar antiguos besos
en los besos de otras bocas...
Si su amor fue "flor de un día"
¿porqué causa es siempre mía
esa cruel preocupación?
Quiero por los dos mi copa alzar
para olvidar mi obstinación
y más la vuelvo a recordar.
Nostalgias
de escuchar su risa loca
y sentir junto a mi boca
como un fuego su respiración.
Angustia
de sentirme abandonado
y pensar que otro a su lado
pronto... pronto le hablará de amor...
¡Hermano!
Yo no quiero rebajarme,
ni pedirle, ni llorarle,
ni decirle que no puedo más vivir...
Desde mi triste soledad veré caer
las rosas muertas de mi juventud.
Gime, bandoneón, tu tango gris,
quizá a ti te hiera igual
algún amor sentimental...
Llora mi alma de fantoche
sola y triste en esta noche,
noche negra y sin estrellas...
Si las copas traen consuelo
aquí estoy con mi desvelo
para ahogarlos de una vez...
Quiero emborrachar mi corazón
para después poder brindar"por los fracasos del amor"...
CHE PAPUSA OÍ!
Muñeca, muñequita que hablás con zeta
y que con gracia posta batís mishé;
que con tus aspavientos de pandereta
sos la milonguerita de más chiqué;
trajeada de bacana, bailás con corte
y por raro snobismo tomás prissé,
y que en auto camba, de sur a norte,
paseás como una dama de gran cachet.
Che papusa, oí
los acordes melodiosos que modula el bandoneón;
Che papusa, oí
los latidos angustiosos de tu pobre corazón;
Che papusa, oí
cómo surgen de este tango los pasajes de tu ayer...
Si entre el lujo del ambiente
hoy te arrastra la corriente,
mañana te quiero ver...
Milonguerita linda, papusa y breva,
con ojos picarescos de pippermint,
de parla afranchutada, pinta maleva
y boca pecadora color carmín,
engrupen tus alhajas en la milonga
con regio faroleo brillanteril
y al bailar esos tangos de meta y ponga
volvés otario al vivo y al rana gil.
4.7.10
Una reflexión a la ilusión
Yo tenía otro final para esta historia.
No pudiste, no pudimos. No alcanza el amor, cuando a veces, los refutadores de leyendas estan a la par.
Derrame mil lagrimas y aún asi, no puedo describir mis sentimientos.
Como todo amor que llega a su fin, igual te digo gracias. Porque fuiste vos, quien, tal vez no con sabiduría extrema, pero si con tu demostración de amor eterno, me dista la ilusión.
Pero a veces las cosas no se haces de a uno. Sino que hay un conjunto que tiene que vivir la realidad.
Te pido fuerza, y que me ayudes a olvidar. Si ahora te vas, volveré a sentir desdén, y no recordaré ni me exaltaré más por nada. Es lo correcto el adiós cuando no te valoran. Muchas veces los pueblos tienen poca memoria. Muchas veces los recuerdos son brutalmente olvidados y se recuerda aquello que nos hace humanos, nuestros defectos, nuestras debilidades.
Yo te juro que te voy a recordar para siempre y como siempre. Con el amor y con la piel de gallina que me da tan solo verte. Con la sensación de haber sido lo más grande que me pasó en la vida. Con el afán de crearme ilusiones, solo porque estas vos.
Nada ni nadie sentirán lo que yo se que vos sentiste.
Nadie te igualará jamás.
Por lo menos para mi y para mi corazón.
De poder verte, solo abriría mis brazos y dejaría que llores, como en aquella véz en la que te quitaron el sueño. Y de poder decirte algo cara a cara no sabría por donde empezar.
No quiero extenderme mucho más. Yo se que ahora vendrán, los gurúes de siempre. A criticar y a remarcar, aquello que callaron. Y sabiendo de estos hombres, que siempre saben todo, yo quizás no sepa mucho, pero esta en mi el apoyo.
Y cuando las aves de rapiña caigan y destruyan, tendrás en mi corazón un amigo un aliado. Y no será por obsecuente, porque siempre estuve ahi. Solo será una mano.
Gracias Diego, gracias por amar tanto como amamos nosotros. Gracias pero no alcanza, porque vos no saliste a la cancha.
Gracias por dejarme volver a ilusionar, gracias por tanto. A veces al futbol no se lo puede transmitir con pasión y amor, y absoluta entrega. Yo estoy convencido que si hubieras entrado vos, todo esto hubiera sido muy distinto. Sin embargo eso es otra ilusión, de alguién que casi no te vió jugar. Pero que cuando te vió en el banco no podía no llorar.
Solo esto mis queridos lectores, son las reflexiones de un sábado de los más tristes en mi vida. Yo no soy de llorar mucho. Lloré muertes muy cercanas, lloré abandonos, lloré soledades y lloré hoy, cerca de las doce del mediodía. Lloré mucho. Lástima que nunca las lágrimas hicieron tan pcoo para calmar esta tristeza.
Pido perdon si esto no tiene mucho sentido para ustedes y si fue mal redactado. Solo fue un sueño despierto que necesitaba salir.
No me importa lo que digan, lo que digan los demás, yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más. En la buenas y en las malas mucho más, solo existirás vos y serás siempre único e irrepetible: Diego Armando Maradona.
Saludos a todos, con su permiso voy a llorar.
29.6.10
Novia
Ella lloraba en secreto, cuando yo no la veía, pues sabia que su llanto me irritaba. Pero un día, un incidente que ni siquiera recuerdo, me despertó el temor de perderla. El amor crece con el miedo. Mi conducta cambió. Me fuí haciendo bueno. Quise pagar el daño que había hecho y empecé a vivir para ella. Le hacía el amor en todos los zaguanes, le cantaba valses de Héctor Pedro Blomberg. La llevaba a pasear por los lugares mas hermosos del mundo. Le imponía aventuras inesperadas. Me hice sabio y generoso solo para merecer su amor. Pero un día me dejó. -No te quiero más- me dijo, y se fue. Suplique un poco, solo un poco, porque era bueno. Después me puse a esperar la muerte sentado en un umbral. Al cabo de un tiempo, aparecieron los celos. Pensé que seguramente me había dejado por otro. Decidí averiguarlo. Indagué a los amigos comunes, pero todos afectaban un aire de trabajosa indiferencia. Resolví seguirla. Pasaba las noches acechando su puerta. Durante el día, me apostaba en la esquina de su trabajo. El resultado de mis pesquisas fue nulo, Mi novia se desplazaba por circuitos inocentes. Perdí mi empleo, mi salud y hasta mis amistades. Mi vida era una perpetua vigilancia.
Pasaron largos meses sin que nada ocurriera. Hasta que una noche la vi salir de su casa con aire decidido. Tuve el presentimiento de que iba a encontrarse con un hombre, tal vez porque estaba demasiado linda. La seguí entre las sombras y ví que se detenía en la esquina que yo conocía bien. Me escondí en un portal. Ella se detuvo y esperó, esperó mucho.
Cerca de una hora después, apareció un hombre alto, oscuro, soberbio. Algo familiar había en su paso. Ella intentó una caricia, pero él la rechazó. Inmediatamente comprendí que el hombre se complacía en verla sufrir y amar al mismo tiempo. Se trataba de un sujeto diabólico. Cada tanto, me llegaban ráfagas de una risa vulgar. No podia concebirse un individuo mas vil y detestable. Caminaron. Tomaron un rumbo que no me sorprendió. Al llegar a la luz de la avenida, pude ver que aquel hombre era yo. Yo mismo, pero antes. Con el desdén cósmico que tanto me habia costado borrar del alma, con la maldad de mis peores épocas. Con la impunidad de los necios. No pude soportarlo, pensé en cruzar la calle y pegarme una trompada, pero me tuve miedo. Quise gritar, ordenarme a mi mismo dejar tranquilo a aquella muchacha. Pero el imperativo no tiene primera persona y no supe que decirme. Se detuvieron un instante y pasé delante de ello. Ella no me vio. Yo sí me vi. Me miré con un gesto de advertencia. Despues los perdí de vista y me quedé llorando.
A.D.

